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1. El cuerpo tendido

 Cindy Sherman. Untiltled #86, de la serie “Centerfolds” (1981)

La imagen no es única, podría formar parte de una serie, se repite en cuanto contenido real o hipotético en cada casa donde hay una adolescente yacente y ladeada sobre un colchón. Es una imagen de angustia, que no admite en primera instancia, seguramente, el desvío de una mirada licenciosa.

Ella, la muchacha, está tendida y deja caer un cuerpo opaco. Se muestra, poroso y casi entero, sin querer exponerse, sin conocer a su espectador, que la observa como si pudiera entrar dentro del papel de la fotografía. Tú que la miras no ves a una criatura del deseo, sino que identificas en ella los rasgos de tu hija, los de tu hermana, los tuyos. Te reapropias de la imagen, la introyectas como un espéculo que devuelve al mismo tiempo ondas de (auto) compasión y de veneno.

El cuerpo en su ajenidad y en su indiferencia amoral, no obstante, no dice lo mismo que lo que tú tragas y proyectas. ¿Qué dice un cuerpo? Todos, incuso tú, parecéis saber algo sobre ello. El habla de los gestos. Las emociones retenidas y soltadas en la posición, el ángulo, la cadencia. El color, el rubor, la abertura o el cierre, los signos del ofrecimiento o la repulsa. Quien lo observa interpreta lo que en principio era neutro, lo dota de una lectura, de un sentido convenientemente arbitrario.

Es difícil creer que a través del cuerpo no se accede a ninguna morada íntima. Que el cuerpo es lo extrínseco. Tú lo afirmas, a veces. Si se consideran los efectos de superficie, vemos que sucede lo siguiente: el cuerpo busca solamente su extensión, su cuña. A veces se trata de la cuña del maltrato. Pero una vez es maltratado, ya transido, casi deshecho de su materialidad, desarmado y ciego, ¿qué le sucede? Todos lo sospechan, pero nadie podría enunciarlo sin cometer algún error.

Piensas en tu hermana, en tu hija, en ti misma, aterida encima de una cama. Apenas os movéis, vosotras, juntas, conjugadas en una idéntica masa de vectores que apuntan hacia la tristeza, hacia la pesadumbre o hacia la desolación. Los cuerpos acostados de todas, islas o rendijas, memorizando una a una las palabras que los nombran, desplegadas como un mapa sobre sus nudos significantes. La pierna que recuerda la patada, el brazo que recuerda el pellizco o el codo que se vuelve a llenar de golpes, los pechos de ojos adherentes, el culo de insultos o de caricias obtusas.

Vuelves a mirarla en su distanciamiento, en su ironía. El cuerpo de la chica, en reposo, horizontal, parece emitir un pensamiento: “si la piel pudiera asomar a sus propios bordes”. El sudor que expulsa es casi el epítome de lo pensado. Es el lenguaje silencioso del cuerpo: aquello que supura. El líquido. El residuo. Su traducción.

2. El cuerpo simulacro

Claude Cahun, Autoportrait (1939)

La imagen es doble y contrapone el original a la copia, el monigote a la carne que lo viste. Porque algún día ambos se volvieron inseparables, y a partir de entonces no hubo modo de delinear una frontera, un matiz soslayable, una diferencia entre la disfrazada y el disfraz. Sucedió como sucede casi todo: por azar y por ósmosis. Alguien deglutió al otro alguien, la actriz ejecutó tan bien su papel que no hubo tiempo para el extrañamiento, se suspendió la distancia milimétrica que resta entre la piel y el traje. Lo anterior se volvió (también) teatro, ¿pero es que acaso había una salida, una puerta de atrás, alguna forma de regresar a la cámara negra y ocultarse bajo la tela, de amortiguar el choque de lo visible?

(o bien)

 

En una ocasión vieron una película. En ella, la protagonista había tomado la decisión de congelarse en una imagen. No ser más lo que se esperaba que fuera, sino detenerse en una de sus declinaciones. Para lograrlo, ensayaba una mímica que desembocaba al final en un solo gesto reiterado y hermético: el de cerrar los párpados, sorber hacia adentro, concentrada, lo que quedaba de vida.

(o bien)

 

Lo que hay debajo de la capa es un perchero o es el equilibrio de los hombros y lo que hay encima de la capa es el aire del verano y si tu cuerpo fuera el de un batracio o el de un autómata y no el de una mujer y si ahora hicieras algo impropio como retirar una lámina de piel del rostro quién miraría hacia ti y quién apartaría la vista con vergüenza hacia la máscara.

3. El cuerpo sacrificial

Angélica Liddell, Autorretrato.

me olvidé de quién era dice

para acontecer enterré a la que era antes

                                                                   para que de nuevo algo aconteciera

y emergió la que pudo haber sido

a cornadas contra el blanco de los ojos

a leves machetazos en los dedos

cada movimiento es la posibilidad de salvación del instante en el músculo embotado:

                                         la labranza

                                                                 la sangre

el entretanto

la otra

figura cóncava

                     abatida

sacudía su rigor detrás de la tramoya

el

p

a

s

a

d

i

z

o

desafiando a la perversa/

ella

       la (…)

le esquivaba la mirada

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Laia López Manrique

Nací en Barcelona en 1982. Estudié Filosofía y Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universitat de Barcelona. He publicado los libros Desbordamientos (Tigres de Papel Ediciones, 2015), La mujer cíclica (La Garúa, 2014) y Deriva (Prensas Universitarias de Zaragoza, 2012) y he colaborado en diversas antologías y publicaciones literarias. Coordino la revista digital Kokoro (www.revistakokoro.com)