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Renata me hizo esta pregunta el otro día, cuando le hablé de que tenía un Instagram secreto a parte del “oficial”.

Mi primera foto, en mi Instagram oficial, la colgué el 13 de febrero de 2013, hace 6 años.

Empecé con fotos más bien anecdóticas, pero, revisándolas, veo que los retratos de cerca y los bodegones ya eran buena parte de lo que colgaba. Al año o así, las fotos ya empiezan a ser lo que han sido hasta ahora.

 

He tenido que revisar estos 6 años para escribir este texto. Me doy cuenta de que, para empezar, es un diario muy fiel y continuado de mi vida. Siempre he colgado fotos de manera regular. Pero veo también que no es un diario descriptivo de aquello que hago, de los sitios a los que voy, sino que es más bien un diario emocional. Fotografío lo íntimo, los detalles, los rastros de las acciones. Comparto mi visión sobre la vida, lo mucho que me mueven los espacios cotidianos, las relaciones de tu a tu, los vínculos estrechos, las distancias cortas.

 

Todas esas imágenes me transportan de manera muy directa y muy fuerte a sensaciones de las épocas que aparecen.

Me gustaría saber a dónde lleva a la gente que me sigue. Esto es algo que siempre me preocupa en mis proyectos fotográficos. Como fotografío de manera tan intuitiva y con un impulso absolutamente emocional, luego pienso, ¿le va a interesar a alguien más aparte de a mí misma?

En mi vida sonrío y me presento como una persona fuerte y segura de sí misma. No me gusta mostrarme vulnerable, triste, dependiente, emocional. Siento que no está bien. La ventana de Instagram me permite mostrar mi lado “oscuro”, lo no tan divertido, lo menos luminoso. Es una herramienta que me ha facilitado compartir esta parte tan grande de mí, que en el día a día no comparto. Compartir, pero sobre todo expresar. Creo que me ha servido sobre todo como lugar para expresar. Para decir, para sacar. Para dejar ir.

Entonces, ¿por qué necesito un Instagram secreto, si este ya me permite mostrar mi lado “oscuro”?

Me he dado cuenta de que me condiciona muchísimo lo que piensa la gente y que hay imágenes que hago que me gustaría, pero que no me atrevo a mostrar. Me doy cuenta que hasta esta parte más sincera y emocional que muestro en Instagram, ha acabado por tener un carácter propio y definido. Como si hubiera construido un personaje del que ahora soy esclava, del que hay expectativas. Unas expectativas que he construido yo. Lo que pienso que la gente espera de mí. Con el tiempo he ido acumulando seguidorxs, gente que me comenta, a la que le gusta mi trabajo. Además, también hay familiares, amigxs, alumnxs… Y de alguna manera quiero quedar bien, quiero protegerme. Me doy cuenta que he creado una zona de confort, una oscuridad bonita, limitada, restringida, autocensurada.

 

Me doy cuenta y abro otro Instagram. En unos días hará un año que lo creé. No tengo seguidorxs. Nada me condiciona. Cuelgo lo que me da la gana. Sin filtros, sin pensar. Y me doy cuenta de que hay una parte aun más reprimida, aun menos aceptada. No es que sea fea. Es más auténtica, más cruda, menos edulcorada, menos elegante, menos controlada. Más de verdad.

No es que el “oficial” no sea de verdad. Me siento muy identificada con todo lo que cuelgo allí, pero es como si, de alguna manera, continuara con mi compulsión por mostrarme “perfecta”, aun en mi oscuridad. Y este espacio nuevo y libre de miradas, hace que me permita ser más yo.

 

No sé si esto es un fenómeno o no. Pero sí sé que hay más personas que lo hacen por motivos similares. Por la exigencia autoimpuesta que sufren en sus cuentas oficiales.

Me parece muy loco. Es como rizar el rizo. Lo que empezó siendo una ventana dónde expresar parte de mi que no podía salir de otra manera, se convierte en un espacio postureo más.

Qué importante es la mirada de las personas. En la vida. En internet.

 

.textos y imágenes ©ana benavent (fotógrafa pulpo).

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