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“When deep space exploration ramps up, it’ll be the corporations that name everything, the IBM Stellar Sphere, the Microsoft Galaxy, Planet Starbucks.”

“Cuando la exploración del espacio profundo sea algo cotidiano, serán las corporaciones las que lo bauticen todo: La esfera estelar IBM, la galaxia Microsoft, el planeta Starbucks.”

 

Así es como el narrador de ‘El Club de la Lucha (‘Fight Club’, 1999) imagina el futuro, un mundo en el que las marcas se convierten en nombre propios. Si lo pensamos bien, no estamos tan lejos de ese futuro distópico como quisiéramos creer.

Existen dos términos para comprender la manera como nos relacionamos con las marcas, una es el ‘Top of Mind’, que analiza la posición que tiene una marca en nuestra memoria. Pero ese dato sólo permite acceso a la relación memoria-marca, existe otro componente que es quizá el más codiciado por las agencias de publicidad, el ‘Top of Heart’, lo que lo determina es la relación de afecto que se establece entre marca y consumidor, aquí no entran en juego análisis racionales.

¿Qué hace que una marca despierte afecto y fidelidad en una persona?

Si se destila la idea a lo más básico una marca no es más que una fabricación que da nombre a un producto para diferenciarlo de otros que cumplen la misma función, se hace difícil entender cómo puede despertarse un vínculo emocional dentro de una relación comercial. Lo que da dimensión a la cuestión es la manera como las marcas mismas procuran vender algo más un producto y ahí es donde entra a jugar la publicidad. Se crean fantasías que prometen bienestar, comerciales de Coca Cola en los que todos sonríen y la vida es una burbuja de felicidad.

El conflicto emerge cuando a pesar de tener todos los productos necesarios, la felicidad publicitada nunca llega. La moda es uno de los sectores en los que las fantasías son supremamente inalcanzables, lo que prima no es la felicidad, los mandamientos de la publicidad de moda sólo rinden tributo a la belleza, y lo que resulta perverso es que la belleza que se usa como imán es la que ellos mismos construyen, marcas y estrategias publicitarias se unen para determinar qué es bello.

Existen algunos límites que se imponen a la presencia de la publicidad en el espacio público, los reglamentos al respecto varían de país en país pero rara vez son verdaderamente estrictos, de cualquier manera, la persona promedio está siempre en contacto con publicidades dentro de su rutina diaria.

Brandalism: Bus Stop Project, John Feckner, Bristol, 2014

Resulta interesante analizar la manera como el arte callejero es censurado y eliminado con tanta facilidad, mientras que la publicidad se erige privilegiada invadiendo cada rincón de la ciudad. Esa relación casi antagónica entre el arte callejero y la publicidad es alimento para la obra de Vermibus, el artista Mallorquí radicado en Berlín elimina la brecha entre ambos.

Su método es tan poético como es efectivo, en varios de sus proyectos más reconocidos toma afiches publicitarios y los despoja de su sentido inicial al alterarlos con disolvente, el resultado es sorprendemente orgánico, pareciera que el acto destructivo al que somete las imágenes no oculta, más bien revela algo vivo que está ausente en las fantasías brillantes de la publicidad.

Una vez manipuladas las imágenes, el artista las regresa a su lugar. El manto pictórico que les otorga hace que lo que las defina ya no sea una marca. Según el artista es inevitable que su trabajo tenga un componente de activismo ya que él altera el espacio público y permite al observador crear una reflexión a través de sus intervenciones. Desaparece la mujer perfecta y quien toma su lugar es una versión carnal, una figura que en su disolución puede ser un reflejo más emotivo para el espectador.

Unveiling Beauty, Vermibus, Milan, 2015 (photo: Mark Rigney) 
Unveiling Beauty, Vermibus, Milan, 2015 (photo: Mark Rigney) 
Unveiling Beauty, Vermibus, Paris, 2015 (photo: Mark Rigney) 

Otra manera de alterar el paisaje publicitario emerge en su proyecto NO-AD para el cual se pone una tarea simple, eliminar de Berlín tantos afiches publicitarios como le sea posible y así entregar a los ciudadanos una ciudad libre en la que puedan pasar un par de días sin el peso de la fantasía inalcanzable que los acecha cotidianamente.

Con NO-AD no sólo es Vermibus quien se pone la tarea de eliminar avisos, la invitación se extiende a personas de todo el mundo con un día designado como el NO-AD Day (día sin publicidad). No llega como sorpresa la lista enorme de personas que se disponen a seguir las instrucciones de la web diseñada para congregar participantes. La polución publicitaria es tan prevalente que el deseo de liberar a la ciudad de ella crece cada vez más.

NO-AD Day, Vermibus, Berlin , 2014 (photo: Peter Grünheim)
Brandism: Bus Stop Project, Sean Martindale, Liverpool, 2014
Brandism: Bus Stop Project, Cleon Peterson, Liverpool, 2014

Jordan Seiler es otro comprometido con esa liberación, un proceso que comienza limpiando el paisaje público de avisos publicitarios, pero que de manera ideal pretende liberar la mente de quienes habitan la ciudad, el gesto parece un ataque a la publicidad, pero más que eso es una defensa al ciudadano. Seiler reemplaza la publicidad con patrones geométricos, imágenes abstractas que no generan la confrontación que viene con las intervenciones de Vermibus. Lo que los une es un objetivo común, tanto Seiler como Vermibus son Adbusters o Subvertisers, artistas que buscan alterar o anular la publicidad en el espacio público. Claro está que no son los únicos que se afilian con ese propósito, la red de artistas es enorme, los métodos varían pero los resultados siempre traen un aire de liberación.

Jordan Seiler, Musik, Berlin, 2015
Jordan Seiler, Citadel, Paris, 2016

En mi caso personal, he podido identificar pistas que revelan el parásito de la publicidad alojandose en mi mente, es un ataque silencioso y constante, cuando menos lo piensas estás tarareando el jingle de una marca de jabones o trasladando a una necesidad el nombre de una marca particular. Vermibus, Jordan Seiler, la red de Subvertisers, trascienden un deseo creativo por fines estéticos, a lo que van es a liberar al consumidor promedio de esa etiqueta, permitir que volvamos a ser ciudadanos que entre el ruido urbano encontramos un paisaje silencioso que no proyecta miedos y fantasías.

Jordan Seiler, Underground, London, 2016
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Sara Mejía

Nací y vivo en Medellín, soy fotógrafa, eso se supone porque dediqué tres años de mi vida a estudiar fotografía en la ciudad de Barcelona. Ahora busco más pensar en fotografía que hacerla, aunque mi cámara siempre fiel me acompaña a todas partes, es mi diario personal, como lo son los textos que escribo sobre arte porque al final es el arte el que gobierna mi vida, la música es mi vicio más irremediable y me gusta dormir con un libro de Félix González-Torres en brazos, el arte es mi más querido compañero.