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Empecé a estudiar fotografía justo cuando en las escuelas se dejaba de enseñar fotografía analógica, por lo que estudiábamos y practicábamos con la imagen electrónica. En la tienda de productos tecnológicos en la que trabajé ya apenas se revelaba, únicamente se imprimía, y en las imágenes de viajes que los clientes nos traían en las memorias USB sólo se veían caras en primer plano, en las que a duras penas se distinguía una imagen de la otra. Inclusive uno se tenía que fijar mucho para encontrar tras esos rostros algún elemento que distinguiese un contexto del otro; un gorro nevado, una punta metálica asomándose en el cielo, el culo de un autobús rojo… Entonces pensé en hacer un trabajo en relación a ello que se llamara “Yo en X, Yo en Y y Yo en Z”, proyecto que se quedó en la carpeta de “ideas descartadas”.

Mosaico compuesto por selfies de viajes.

Eran y son, imágenes explícitamente vanidosas, de esas que de hacerse, uno se las hacía a solas. Recuerdo una amiga y compañera de piso que para un ejercicio de su clase de teatro tenía que interpretar una acción íntima la cual al ser irrumpida por una persona le hiciera reaccionar de algún modo. Hoy en día, la acción que mi amiga escogió, posando complaciente ante la cámara, de ser sorprendida por alguien, no despertaría en ella ninguna reacción, al menos no una de bochorno. Actualmente, todos, indistintamente del tipo de persona, del oficio, del cargo, la popularidad, la generación, género o origen, nos hemos visto en algún momento, con más o menos frecuencia cayendo en el postureo del autorretrato. Y no sólo no hay pudor sino que además queremos que esas imágenes sean vistas. Así las compartimos con el resto de espectadores online. Hemos pasado de la sociedad del espectáculo a una exhibición performativa de la propia vida, en el que las plataformas sociales son el escenario. Como bien dice {1}Holly Herndon, todo lo que hacemos online es una performance pública.


<h5 style="text-align: justify;"></h5>
<h5 style="text-align: justify;">Video de un grupo de chichas hacendose selfies en un partido de béisbol.</h5>

Estas acciones escenificadas se ven activadas en el momento preciso en el que aparece una cámara, o en su versión actualizada, un móvil apuntandonos. La performatividad del ‘yo’ ante el objetivo me recuerda un poco a esa pregunta popular y un tanto absurda de, ‘¿En un bosque solitario los árboles hacen ruido al caer?’ a la que en referencia al selfie performativo podríamos traducir como ¿existe esa identidad independientemente de que una cámara la perciba?

Reconozco que me aburre hasta no hacerlo, pasear por páginas de difusión de la imagen autobombo, y más cuando todas parecen un clon de la anterior, una suerte de espejo levemente alterado de las celebridades. Y como todo en esta vida, desde los juegos en el recreo hasta la alimentación, la representación de uno mismo o como uno muestra su entorno a través de imágenes también está sometido a modas, tendencias, trending topics o lo que dicte lo último en lo mainstream. Es por eso que aún y asumir las limitaciones de vivir en la fragmentación, viendo unas pocas de estas siento haberlas visto todas. Hay que amortizar el tiempo.

Mosaico compuesto por imágenes de celebridades.

Siendo muy generalista, podría decir que las imágenes de uso doméstico son vacuas (el corrector se empeña en corregirme y decirme que son vacunas), exentas de contenido o de intención de generarlo. Son realizadas para ser mostradas reafirmando el valor por la apariencia o la pertenencia a un grupo. En este sentido, que el artista que quiere generar discurso sobre ello lo haga primero en el mismo medio y no en la institución artística donde por desgracia la discusión apenas traspasa sus paredes, me parece un acierto. Que la propuesta sea más o menos potente o produzca algún cambio es ya otra historia. Me refiero por ejemplo al proyecto ‘Excelencias y Perfecciones’ de Amalia Ulman. Dejando al lado el interés que le haya llevado a experimentar con el género, como ya hizo Cindy Sherman o con el cómo una es vista, como ya hizo Sophie Calle. En el momento en que decide formar parte de ello, y más cuando el cuerpo es sometido a unos cambios que permanecerán una vez acabado el proyecto, como es una operación de pechos. Sin duda, dónde termina la ficción y dónde empieza la realidad se torna una frontera difusa.

La cuite girl, primera parte de ‘Excelencias y Perfeccionismos’ 2014. Amalia Ulman.
La sugarbaby, segunda parte de ‘Excelencias y Perfeccionismos’, 2014. Amalia Ulman en Instagram.
La life goodnes, tercera parte de ‘Excelencias y Perfeccionismos’, 2014. Amalia Ulman en Instagram.

Este proyecto formó parte de ‘Performing for the Camera’{2}, exposición que se dió en el Tate Modern y que como no pude estar me tuve que contentar con su versión en papel. Hace poco me llegó el catálogo pero teniendo en cuenta que vivimos en la era de la actualidad, en la que el tiempo presente es siempre protagonista, realizar una opinión-crítica de una exposición un mes clausurada es ofrecer diferidos, artículos que mueren en su inutilidad. Por lo tanto no hablaré sobre ella, sino de los rastros que ha avivado en mí, esos indicios que me llevan a la fotografía popular.

Lo que detecto es un juego de verdades y mentiras que se travisten entre ellas. La autoimagen ya no como recuerdo sino como publicidad de uno mismo, como carta de presentación o de redefinición continua. La mejor imagen de uno mismo es diseñada, como la fotografía de alimentos “appetite appeal”{3} o los sonidos de tirar de la cadena, de la lluvia o de un caballo galopando en el cine. Es como si lo verdadero no resultara suficientemente real, parece una mala copia de sí mismo.

‘En realidad no buscamos la visión sino el dejà-vu’{4} comenta Joan Fontcuberta en su libro ‘El beso de Judas: fotografía y verdad’. Percibimos una ciudad, un monumento, una famosa obra de arte en contraste con la imagen que nos habíamos prefigurado de postales y/o películas. No miramos, simplemente fotografiamos para poder decir “sí, yo también estuve ahí” da igual si nos interesa o no lo que tenemos delante. Encuadramos y copiamos. Copiamos a nuestros ídolos de la pantalla y de la música, a los influences y a los tendencias… Copiamos a los demás y a nosotros mismos. Perpetuamos aquello en lo que nos identificamos.

Visitantes fotografiando el cuadro de La Gioconda.

La sociabilización contagiosa de los gustos, me hace pensar en un ejercicio que mandaba a hacer Marina Abramovic{5} a unos alumnos suyos, sobre la buena y la mala idea. Durante un tiempo determinado debían escribir cada día una idea, la que fuera, y según lo que ellos consideraban la guardaban en el archivo de las buenas ideas o en el de las malas ideas y al final de ese periodo entregaban los dos archivos. Cuenta Abramovic que deshizo la carpeta de las buenas ideas y sólo leyó las malas ideas. Es curioso lo que llegamos a descartar y por qué motivos lo hacemos, qué nos conduce a decir si algo tiene potencial o no, si es “bueno” o no. Cuántas oportunidades habremos perdido por guardar una idea en la carpeta equivocada. ¿Será que copian los que no se atreven a salir de lo que ya saben que gustó?.

Siempre ha habido copiones. Es fácil copiar un éxito artístico, sumarse a un estilo de moda, sacar provecho de una situación favorable… incluso hay quien se copia a sí mismo una vez alcanzado el éxito. (Yo misma acabo de copiar estas dos frases de una opinión de un blog del 2014.) Sin embargo, hay en ello un deseo de formar parte, de identificarse en ese juego de imágenes parásito que plagan la red, sin otro sentido ni mensaje que el acto de realizar el gesto identificativo, que conecta a todos aquellos que se suman a las imágenes lúdicas.

Mosaico de tendencias delante de la cámara: Topless tour, kamehameha, planking, owling, fingerstache, horsemaning.

Nuestras imágenes son indicios de nosotros mismos, aunque lejos de ser las huellas de lo que fue, son la colocación de estas para lo que uno quiere que sea, como la alteración del escenario de un delito, manipulamos la lectura. No documentamos, construimos. Y en esa ficcionalización de nuestra identidad y de nuestra vida, provocamos experiencias para tener registros que den credibilidad a esa narración. Este punto me resulta especialmente interesante, hemos pasado de fotografiar lo que vivimos a vivir situaciones para poder tener las imágenes que deseamos. La fotografía no solo es el registro que documenta la experiencia, sino justamente la excusa para que la experiencia exista. Las imágenes nos impulsan a vivir, aunque tal vez solo sea una actuación que dura lo que dura el momento de captura.

  1. ‘Todo lo que hacemos online es una performance pública” Entrevista a Holly Herndon por Marta Peirano para eldiario.es, 2015. http://www.eldiario.es/cultura/musica/Holly-Herndon-hacemos-online-performance_0_400710033.html
  1. “Performing for the Camera”, exposición en la Tate Modern, comisariada por Simon Baker. 18/03/16 – 12/07/16
  1. Appetite appeal: Técnica publicitaria utilizada para exhibir el esplendor y exquisitez de alimentos, bebidas y dulces. Este estilo trata de destacar la apariencia física del bien hasta su más alto punto y para hacerlo, en su mayoría de ocasiones recurren a materiales diversos que simulan su apariencia ideal. Ejemplo; la pintura blanca se utiliza para representar la leche y el puré de patata pintado para representar el helado.
  1. ‘El beso de Judas: fotografía y verdad’ – Joan Fontcuberta. Ed. Gustavo Gili, 2015. ISBN: 9788425228322.
  2. “Advice to the young” – Marina Abramovic. Louisiana Channel. http://channel.louisiana.dk/video/marina-abramovi%C4%87-advice-young
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Nerea Arrojería

(Palafrugell, 1989) En mis años estudiando fotografía desarrollé un apasionado interés por sus usos y lenguajes. Posteriormente me especialicé en la critica con el Master de análisis y gestión en arte contemporáneo. Actualmente estoy cursando el grado de Historia del arte, y soy la editora jefe de la plataforma fotográfica elpulpo. Mi trabajo se centra principalmente en la escritura y en la investigación de la imagen, concretamente, fotográfica.