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“Untitled” (Sand), 1993-94, Félix González-Torres

Una huella en la arena es una imagen precisa para hablar de lo que es vestigio, aquello de lo que podemos deducir una acción, una presencia. La idea del indicio puede ser transferida a la manera como funciona la fotografía, ya desde el comienzo toda foto es indicial, la luz deja su rastro en el material fotosensible y lo que nos queda es una representación de un instante, sea cual sea la naturaleza de una fotografía, esta funciona como heraldo, pero lo que anuncia no es algo que viene, por el contrario, se encarga de afirmar lo que fue y no volverá a ser.

“Untitled” (Double Fear), 1987, Félix González-Torres

Félix González-Torres, murió en 1996 por complicaciones relacionadas con el SIDA, tenía 38 años, ya había despedido en 1991, a su pareja Ross Laycock, quien también padeció la misma enfermedad.

En los años previos, a finales de los 80, el SIDA desgarraba a Estados Unidos, se trataba de un enemigo invisible que al ser relacionado con la homosexualidad era tratado con un desdén que sólo podía provenir de una terrible mezcla de ignorancia y prejuicios. Artistas como González-Torres, Keith Haring, David Wojnarowicz y Peter Hujar, por mencionar algunos, vivían bajo la amenaza de la muerte y el deterioro del cuerpo. Ser un hombre homosexual durante el pico de la epidemia del SIDA significaba estar en el ojo del huracán.

“Untitled” (Double Fear) de 1987 es una obra que se acerca a esa idea del miedo, la amenaza. Se trata de fotografías de una multitud que al ser ampliadas y alteradas, recuerdan células, tal vez células que sucumben ante el virus, pequeños grupos aislados por la disposición de los círculos. Esto cobra un sentido especialmente poderoso al pensar que a finales de los 80 una de las soluciones a la crisis considerada por el gobierno estadounidense, consistía en cuarentenas masivas para quienes estaban infectados con SIDA, el miedo al contagio era prevalente y hacía que las relaciones sociales tendieran al ostracismo, los afectados se convertían en miembros prescindibles y además, indeseables dentro del escalafón social.

“Untitled” (North), 1993, Félix González-Torres

Podría considerarse que la eliminación de símbolos representa una suerte de exterminio histórico, podemos pensar en el gesto de grupos extremistas al destruir sistemáticamente reliquias y sitios históricos, el arte funciona como índice de cambios dentro de las sociedades, así que censurarlo o ya directamente destruirlo es algo bastante cercano a callar voces y eliminarlas del mapa histórico. Esto es algo que González-Torres entendía, siendo parte de una minoría especialmente susceptible a la censura. En 1989 Robert Mapplethorpe había enfrentado problemas por el contenido sexual explícito de sus fotografías, especialmente por la representación de parejas homosexuales.

La perspectiva de González-Torres era muy diferente, él insistía en el poder de dejar huellas que fueran aparentemente invisibles, proponía obras que desde la superficie no delataran su naturaleza, una pila de dulces, una cadena de luces, una cortina de cuentas brillantes, el espectador no podría etiquetar estas instalaciones como arte homosexual y esto permitiría que estas llegaran a más espacios y que lograran invadir de manera silenciosa el panorama artístico sin levantar alarmas. Al hacer que su obra viajara y fuera expuesta, también extendía la huella de su realidad, la de un hombre joven que padece de SIDA, un hombre que dedica gran parte de su trabajo a la memoria de Ross, su compañero, su amante, y de esta manera conquistaba espacios para ambos, reclamaba nuevas vidas para Ross y posibilidades de moldear la idea colectiva que rodeaba a la homosexualidad a finales de los 80 y que entre otras cosas reprochables, la caracterizaba como perversa.

“Untitled”, 1991, Félix González-Torres

Consideremos la posibilidad de que alguien entre en contacto con una obra de González-Torres y se sienta conmovido de manera inmediata por su accesibilidad, su belleza aparente, su manera cariñosa de disponerse ante el espectador, esta persona establecerá una relación estética con la obra antes de vincularla a ideas particulares, permitiendo que el entendimiento sea más democrático. Si se trata de alguien con ideas negativas respecto a la homosexualidad, entonces la conquista será tremenda, se conseguirá apelar a sensaciones puras sin despertar ese ímpetu violento, al final estos encuentros pueden producir cambios más significativos que aquellos que nacen del conflicto.

González-Torres fue formado como fotógrafo así que la presencia de elementos fotográficos en su trabajo parece inevitable, aunque muchas de sus obras no pasen por una cámara al ser producidas, sí que son dependientes de una fotografía, cuando se trata de instalaciones, lo que queda es el registro de ellas en el espacio, una imagen que sirve como testigo de algo que el artista dispuso, una obra que no puede ser reducida a dimensiones y que no puede ser reproducida de manera tradicional. Esta idea de reproducción y repetición es una constante a través de su obra, como ejemplo podría funcionar cualquiera de sus pilas de afiches, pequeñas torres de papel, en algunos casos fotografías que son ofrecidas al visitante como souvenir de la exposición. A la manera de las postales de viaje, recordatorios que afirman el tránsito y el encuentro, y aunque lo hacen mostrando una imagen repetida, cada una se convierte en un recuerdo particular en las manos de quien la reclama como propia.

“Untitled” (7 Days of Bloodworks), 1988, Félix González-Torres

Siguiendo con la idea de la repetición aparecen sus ‘bloodworks’, imágenes repetidas de análisis de sangre, mantras terribles que anuncian el deterioro del cuerpo. El filósofo estadounidense Charles Sanders Peirce enumera varias claves de la labor indicial y dentro de ellas considera a los síntomas médicos como ejemplos ideales de índice, aquel que anuncia, aquel que representa a una realidad y cuyo vínculo con ella es de carácter empírico. Así como los análisis de sangre son muestras empíricas de una realidad viva, las fotografías son testigos estáticos de realidades fugaces. Félix González-Torres utiliza a ambos recursos bajo las mismas condiciones, aunque a pesar de que la fotografía podría pensarse más directa y explicativa, en el caso de los ‘bloodworks’, la información que contienen es tan contundente que pueden ser de las obras más explícitas de su repertorio.

La fotografía tiene un vínculo inexorable con la muerte, tanto Roland Barthes en su ‘Cámara Lúcida’ como Susan Sontag en su ‘Sobre la Fotografía’ se acercan a la misma reflexión, toda fotografía es un memento mori, la tiranía del tiempo prevalece dentro de una instantánea, la quietud de un instante congelado compite con el carácter efímero de la vida. El presente nace y muere, todo ocurre simultáneamente, y la fotografía como medio atado al presente es también procesadora de pequeñas muertes, una tras otra.

“Untitled”, 1991, Félix González-Torres

Entre las obras más recordadas de González-Torres está la fotografía de una cama vacía que muestra la huella de dos cuerpos, parecen dibujarse dos cabezas sobre las almohadas, la huella aquí es ausencia. Esta fotografía aparece en vallas publicitarias enormes, se erigen en medio de la ciudad, sin una descripción sobre lo que suponen representar.

Se trata de un tributo a Ross Laycock, pareja del artista, quien murió el año de la realización de la obra, éste es un retrato íntimo de la despedida de un ser amado. La fotografía habita el espacio público, entra en la rutina de los habitantes de la ciudad, muchos la verán y no estarán conscientes de ella, otros la verán como una imagen flotante entre tantas otras, quizá algunos la leerán en detalle, lo importante es que será vista, que será parte de la rutina de miles de personas.

La imagen tiene varios niveles indiciales, primero está la huella física en la cama, luego el registro mecánico con la cámara, luego está la reproducción en la valla. Se establece una relación múltiple, González-Torres dice que sus obras no pueden ser destruidas porque desde su nacimiento se encarga de hacerlo él mismo, entonces así nadie podrá violentarlas, él las hace pasar por varios procesos, suelen ser adaptaciones o reproducciones, como la valla o sus ‘bloodworks’, todo esto para poder reclamarlas y protegerlas del deterioro, porque todas ellas guardan un vínculo emocional intenso con el artista, entonces proteger una obra que habla de sus emociones será como protegerse a sí mismo.

“Untitled” (Portrait of Ross in L.A), 1991, Félix González-Torres

Una de sus instalaciones más conocidas y desgarradoras es un retrato de Ross, se trata de una pila de dulces que se pone en la esquina de la sala de exposición, dicha pila tiene como peso designado el peso que tenía Ross cuando estaba sano, su peso ideal. Esa sería la primera parte de una obra que funciona de manera narrativa, tenemos a Ross sano frente a nosotros, luego somos invitados a tomar dulces de la pila, cada visitante recibe la misma invitación y de esta manera se comienza a reducir la presencia de Ross, es un directo recordatorio de lo devastadora que es la enfermedad.

La manera como Félix interviene es dejando órdenes expresas a quienes instalan la obra de que terminado el día esta sea reabastecida a su peso ideal, y aunque esto podría leerse como una manera de regresar a Ross a la vida dentro del ciclo de la exposición, también puede considerarse que está condenándolo a desintegrarse una y otra vez. Lo que hay que recordar es que ya la obra estaba destruida antes de estar frente a nuestros ojos, ya él la había descompuesto al pensarla y disponerla, él renuncia al poder sobre ella. Esto lo explica en una entrevista en la que propone un ejemplo simple, si estamos comenzando una relación y sabemos que no funcionará, si antes de que empiece ya renunciamos a ella nos podremos liberar de la presión del control y del juego de poderes, claro que eso no quiere decir que nos liberemos del dolor que puede producir la pérdida.

Nancy Spector, actual directora y curadora jefe del Brooklyn Museum (anteriormente curadora jefe del Guggenheim de Nueva York) ha dedicado gran parte de su carrera al arte de Félix González-Torres, en el libro dedicado a su obra, publicado bajo la editorial del Guggenheim, Spector hace un recorrido detallado y cuidadoso por la trayectoria del artista, y en un momento que resulta bastante cándido se refiere a una obra de Félix como ‘una obra muy cruel’. Se trata de una pila de hojas de papel blanco con un marco negro impreso, lo que ella relata es que estas hojas en blanco abren un espacio para que proyectemos en ellas imágenes dignas de instantáneas que atesoraríamos, una foto con la persona que amamos, un momento inolvidable, de todas las posibilidades debemos elegir la que contenga todo lo que más tememos perder, podríamos intentar el ritual de Félix de destruir nuestros recuerdos más amados antes de proyectarlos como vestigios, podemos pensar en algo tan bello y feliz que aterre y haga estremecer al alma, porque eso, lo más bello, lo más dulce, es susceptible a ser otro memento mori más, otra fotografía, vestigios, todo eso que es y que nunca volverá a ser.

“Untitled” (The End), 1991, Félix González-Torres
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Sara Mejía

Nací y vivo en Medellín, soy fotógrafa, eso se supone porque dediqué tres años de mi vida a estudiar fotografía en la ciudad de Barcelona. Ahora busco más pensar en fotografía que hacerla, aunque mi cámara siempre fiel me acompaña a todas partes, es mi diario personal, como lo son los textos que escribo sobre arte porque al final es el arte el que gobierna mi vida, la música es mi vicio más irremediable y me gusta dormir con un libro de Félix González-Torres en brazos, el arte es mi más querido compañero.