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Si sentamos en una mesa a científicos y no científicos pareciera que se crea un abismo entre los dos grupos como si los primeros dijeran cosas fuera del alcance de los demás. Es la percepción de la ciencia como algo impermeable y enigmático, una maraña de conceptos reservados para unos cuantos tipos que manejan un lenguaje único y especialmente complicado solo al alcance de unos pocos.  La mayoría ven como demasiado farragoso echar un vistazo a esa parcela del conocimiento tan esencial. En El Hombre Anumérico, John Allen Paulos nos demuestra que estando en un mundo gobernado por las matemáticas la mayoría presta poca atención a lo que los números nos dicen. Trabajos como este nos demuestran el beneficio de integrar la ciencia en lo demás, en la vida cotidiana más allá de usar un gadget, porque la realidad es que la distancia no existe o cuando menos es la misma que separa al resto de disciplinas. El conocimiento es conocimiento a secas. Estamos acostumbrados a encontrarnos textos que, por ejemplo, relacionan psicología y arte pero no física y arte o física y psicología. Algo falla, parece claro y tiene que ver con el cómo comunicamos los científicos más que con el qué comunicamos. Pero aunque los unos nos empeñemos en no hacer pedagogía y el resto en no poner atención porque parece chino, tal separación es una fantasía y los unos sin los otros no tenemos sentido.

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12 Angry Men, Sidney Lumet. 1957

En general ciencia y sociedad forman parte de lo mismo, ese todo llamado naturaleza, y la frontera no existe. Se entrelazan y forman un tejido único que quizá, por simplificar, separamos para poder entender el conocimiento mejor y decimos por un lado, ciencia y por otro, el resto de materias. Pero en realidad, una está dentro de lo demás y el resto dentro de la primera y a la vez dentro de algo más grande.

Un ejemplo muy cercano y “visual” de interrelación es entre física y fotografía porque pone en las manos del resto de los mortales la física más experimental. Al fin y al cabo una cámara de fotos es un pequeño laboratorio de óptica con muchos de sus dispositivos y aparatos. Y si hablamos de fotografía como disciplina artística, desde hace siglos un principio físico simple pero fundamental, ha sido usado desde los primeros usos de la foto como arte. En el siglo XVII se dice que Johannes Vermeer usaba la cámara oscura (una simple caja o una habitación con un agujero, el principio cero de cómo proyectar ópticamente algo) para crear imágenes sobre papel que luego pintaba.

Eadweard Muybridge race horse gallop, 1872

Pero no solo es el artista el que se “beneficia” del científico para crear. La relación funciona en la otra dirección y esto resulta quizá menos aparente. Por ejemplo, el proceso que llevó de la fotografía al cinematógrafo, de la foto fija a la foto en movimiento, se nutrió la ciencia muy directamente. En 1872 el fotógrafo Eadweard Muybridge, pionero de los trabajos fotográficos con el movimiento que sirvieron de base al cine, demostró que hay un instante en el que el caballo al galope no está tocando el suelo. Y lo hizo empezando por desarrollar un obturador mecánico con el que logró un tiempo de exposición de 1/500 segundos, inimaginable para la época (pura física experimental). Habría que preguntarle a Muybridge que se consideraba, un científico o un artista. Las diferentes “creatividades” se solapan en algún punto.

Harold Edgerton Milk Drop Coronet, 1957

 En este sentido los trabajos fotográficos de Harold Edgerton, que nos muestran el movimiento a través de gotas de leche golpeando el suelo o balas atravesando manzanas (¡la fotografía representando el movimiento a través de lo estático!) han resultado tremendamente inspiradores para nosotros los científicos y son imágenes muy usadas en la física para ilustrar la cinemática y dinámica estando, presentes en multitud de libros y tesis doctorales.

En todo caso estamos hablando de que la fotografía nos permitió en su momento poder “parar” el tiempo de alguna manera y echar un vistazo a fenómenos que de otro modo, solo las ecuaciones nos mostraban. Gracias a la inventiva de unos y la curiosidad de otros lo que ocurre en intervalos de tiempo pequeños podemos mostrarlo gráficamente. La mayoría de los descubrimientos no son casuales, no son serendipias, aunque queda muy romántico decir, “me encontré un trozo de polonio en el cajón”, pero lo cierto es que casi todo sigue un hilo de pensamiento en el que se van planteando preguntas como las que se hacían los que contrataron a Muybridge: unos tenían la intuición de que el caballo dejaba de tocar el suelo durante un momento y otros decían que no y de ahí surge una pregunta intelectual que el fotógrafo/artista/experimentador pudo contestar. La intuición entonces se nos presenta como un factor que gobierna tanto la ciencia como las artes, la creatividad en general, las ganas de contestar preguntas que nos hacemos casi por casualidad pero con total causalidad. Lo que se llama intuición no creo que sea más que percepción sin ordenar. El ojo, por ejemplo, es un dispositivo óptico fabuloso con un sistema complejo de lentes, diafragmas, pantallas, etc… Como sistema óptimo es capaz de resolver situaciones tales como distinguir un solo fotón (aunque no sea del todo cierto). El ojo detecta, manda la información, ¿pero qué ocurre?  Que el cerebro sabe que algo está pasando pero no sabe el qué, es un procesador que no está consiguiendo poner orden en lo que el detector ojo le dice. Hay cientos de ejemplos conocidos en las imágenes subliminales de cine y publicidad que hacen uso de esta discordancia entre detector y procesador.

Es difícil por lo tanto imaginar el mundo de hoy sin la fotografía. Si miramos al arte de los últimos 150 años no hay duda. Aunque esta sea cada vez más conceptual y desprovista de la forma para enseñar solo el concepto o la idea, usa la imagen como elemento fundamental, como registro y soporte. Y el cine, como imagen en movimiento del que he mencionado los principios y la curiosidad que lo impulsó, creo que todos lo consideramos el arte del siglo XX y representa una poderosa herramienta con un gran poder de generar opiniones e ideas, para modelar la sociedad.

Frtiz Lang, Metrópolis, 1927.

Desde este punto de vista el cine acerca la ciencia a la sociedad porque es el elemento que mejor hace difusión de la cultura en general. Ha despertado la curiosidad y ha sido acercado las diferentes parcelas del conocimiento a personas ajenas a estas áreas. Ya sea permitiéndonos a los científicos contar la realidad de lo que hacemos o usando la ficción. El cine vincula a la sociedad con la ciencia como ningún arte ha conseguido. Me gustaría resaltar esto último: la ciencia ficción. Hay muchos que opinan que confunde porque a veces hace creer que lo imposible es científicamente posible. Yo creo que por el hecho de poner en el contexto social la ciencia con un lenguaje cercano ya hace una labor importante. Ya luego nos encargaremos de decir que es real y que es fantasía. Imaginarse a un ciudadano alemán en 1927 boquiabierto en la butaca viendo Metrópolis de Frtiz Lang es maravilloso.

Por todo esto, me parece importante resaltar que el estímulo y la iniciativa de los Muybridge y Edgerton, los Lumier y los Lang ha contribuido enormemente a afianzar el método científico. Aún sin fijarnos constantemente, los científicos vemos la aplicación diaria de lo que hacemos y esto supone una tremenda motivación para que el desarrollo de cientos de disciplinas científicas y tecnológicas haya sido exponencial.

La fotografía, las preguntas que nos hacemos y la asincronía entre el ojo y el cerebro como detector y procesador son buenos ejemplos de eso mucho más grande que decía: vivimos en un universo electromagnético, cuántico, somos y estamos rodeados de partículas en constante movimiento y vibración y tenemos de fábrica los elementos que disciernen el comportamiento, y si no los inventamos gracias a la curiosidad y al buen hacer de unos y otros. La ciencia contribuye sin duda a todo lo demás pero el ímpetu artístico es crucial para que los científicos nos sigamos haciendo las preguntas. Preguntas que los artistas formulan desde otro lugar o punto de vista y que los científicos reformulamos para adaptarlas a nuestro campo.

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Patxi López-Barberá

Soy licenciado en Físicas por la universidad Autónoma de Madrid y Doctor en Ciencias Físicas por la University College Dublin. Llevo 5 años en Catalunya trabajando entre la Autónoma de Barcelona e Institutos de Investigación en temas relacionados con la nanotecnología. Actor amateur en varias compañías de teatro, apasionado de la literatura y de la escritura, formándome actualmente en psicoterapias humanistas con expectativa de poco a poco girar mi camino de la ciencia al humanismo o quizá a un humanismo científico o a una ciencia más humanista.