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Hace ocho años vi mi primera película de Michael Haneke, ‘71 Fragmentos de una Cronología del Azar’, ahora pienso en una escena en particular, un hombre juega tenis de mesa, lo curioso es que dicha escena dura dos minutos y cuarenta segundos y yo antes de comenzar a escribir estaba convencida de que la duración superaba los cinco minutos, por alguna razón la percepción del tiempo se dilató. La cuestión no es la veracidad de mis recuerdos, más que eso se trata de la manera como el mismo Haneke explica que el espectador se acerca a una obra cinematográfica, hay ciertas expectativas predeterminadas y él utiliza esas expectativas para jugar a manipular la percepción.

Es indudable, la relación de quien se dispone a ver una película trasciende aquello de ver, una película permite ser vivida, se trata de una experiencia sensorial más compleja y esto hace que las expectativas sean mucho más complejas, no sólo se involucran los sentidos de la visión y la audición, una película al ser un producto de larga duración requiere de una disposición del cuerpo, entonces la experiencia del cine se traslada al tacto, la postura y el lugar en el espacio, al pensarlo de esta manera es fácil establecer una diferencia absoluta entre la experiencia del cine y la experiencia de la fotografía.

La dirección de fotografía es una labor difícil de delimitar ya que existe la presencia y el ímpetu creativo del director así que en ocasiones es difícil pensar en esta labor como algo autónomo e independiente, en esencia se está al servicio de la historia y podría pensarse que sus elecciones deben encaminarse hacia un objetivo narrativo.

El mítico director de fotografía Roger Deakins es bastante insistente al respecto, para él la fotografía de una película nunca debe convertirse en protagonista, muchos discutirán que su propio trabajo como director de fotografía sirve para contrariar esa teoría, será bastante difícil no quedar impactado al ver su trabajo en películas como ‘No Country for Old Men’ o ‘Fargo’, ambas de los aclamados hermanos Coen, su manera de armar encuadres y construir con luz podría ser caracterizada de poética, esto sí que aplica para una de sus películas más recientes, ‘Sicario’ de Dennis Villeneuve, una cinta del 2015 que seguramente sin la presencia de Deakins no alcanzaría tan altos niveles de intensidad. Sucede que artistas con cualidades tan excepcionales difícilmente pasan desapercibidos y requieren de una historia igual de excelsa para mimetizarse con la labor del equipo enorme que hace posible una película.

Aquí veo necesario regresar a Haneke y su película ‘71 Fragmentos de una Cronología del Azar’, cuando la vi mi relación con la fotografía era apenas incipiente, lo que buscaba en el cine era lo que podría ofrecer un director de fotografía como Emmanuel Lubezki, un despliegue de maestría, películas como ‘Children of Men’ de Alfonso Cuarón, ‘The Tree of Life’ de Terrence Malick y la reciente ‘The Revenant’ de Alejandro González Iñárritu, todas ellas muestras absolutas de su merecido lugar entre los más grandes cinematógrafos, películas que ofrecen una consecución de fotogramas espectaculares, maniobras impresionantes con la cámara, despliegues de absoluta maestría.

Lo que ahora entiendo sobre mi relación con la película de Haneke es que en ese entonces mis deseos apuntaban a cintas que consiguieran dejar en mi memoria imágenes fotográficas que se alinearan con mi gusto particular y las imágenes que se quedaron en mi mente luego de ver la obra de Haneke no eran esos fotogramas inequívocamente bellos que otras películas podía proveer, lo contrario. Haneke no generaba imágenes estáticas, generaba algo más amplio, sensaciones completas que no se vinculan con un sentido en particular, Christian Berger, el director de fotografía de mis cintas favorita de Haneke (‘The White Ribbon’, ‘The Piano Teacher’) sí que sigue la filosofía de Roger Deakins, su labor llega a ser invisible, todos los elementos se congregan y deja de tratarse de una película susceptible de ser descompuesta, la obra es una sola cosa monumental.

Algo sucede cuando alguien toma la decisión de hacerse fotógrafo y aprender sobre fotografía, de repente el cine tiene que ser otra cosa, ahora se trata de disecar el lado fotográfico, se enmudecen los demás elementos en esa búsqueda de la fotografía dentro de una película pero lo que no puede permitirse el fotógrafo espectador es negar los alcances del cine como medio de varias dimensiones. Películas recientes como ‘La Loi du Marché’ de Stéphane Brizé y ‘Son of Saul’ de Lázló Nemes son ejemplares en ese sentido, porque cuentan con una fotografía que sigue de manera tan fiel al personaje principal que deja a un lado pretensiones estéticas, su función es directa y democrática, el espectador tiene un canal directo hacia Thierry y Saul, la lucha de estos personajes se conecta con quien los observa a través de una mirada compartida.

Mi relación con el cine está intrínsecamente vinculada a cuestiones emocionales, vale mencionar que no consigo ver ‘The Piano Teacher’ de Michael Haneke sin que mis ojos se hagan lagunas, aunque puedo recorrer esa película con la memoria, no puedo atribuirle características fotográficas tan irresistibles como las de ‘In The Mood For Love’ de Wong Kar-Wai, sería atrevido establecer una comparación entre las dos, el cine apela a emociones complejas y no puede reducirse a percepciones estéticas que aíslen ciertos elementos del todo. Lo que puede resultar útil es entender que la fotografía como medio tiene límites intrínsecos y que el cine no es un medio, es más una finalidad, una obra cinematográfica comprende muchas obras unidas, el fotógrafo debe visualizar los alcances de la imágenes que crea, el director de fotografía debe pensar en la imagen como un elemento más dentro de un conjunto que crea el resultado final, así que sería útil y liberador despojar al cine de las expectativas que se tienen al ver una obra fotográfica.

Regresando a Haneke por última vez, existirán muchas personas que tirarán la toalla durante la escena del hombre jugando tenis de mesa en ‘71 Fragmentos de una Cronología del Azar’. El director confiesa que la extensión de esta escena pretende despojarnos de expectativas, la repetición supone una suerte de hipnosis, luego de un minuto ya nadie estará esperando a que suceda algo, estará simplemente observando, cuando eso sucede ya no se trata de fotografía, en ese momento se trata de la relación más pura con quien está sentado frente a la obra, es una prueba de resistencia. No todos queremos que una película nos desafíe, sí, no vamos a separar la película en fotogramas preciosos dignos de ser fondos de pantalla para el ordenador, pero tendremos un viaje por una obra tan compacta que no puede ser dividida en componentes, es cine de la manera más pura.

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Sara Mejía

Nací y vivo en Medellín, soy fotógrafa, eso se supone porque dediqué tres años de mi vida a estudiar fotografía en la ciudad de Barcelona. Ahora busco más pensar en fotografía que hacerla, aunque mi cámara siempre fiel me acompaña a todas partes, es mi diario personal, como lo son los textos que escribo sobre arte porque al final es el arte el que gobierna mi vida, la música es mi vicio más irremediable y me gusta dormir con un libro de Félix González-Torres en brazos, el arte es mi más querido compañero.