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Hay un fenómeno que sucede con artistas como Nobuyoshi Araki, es la condena de la primera impresión, es casi seguro que personas que se encuentren con sus fotografías por primera vez van a verse expuestas a las imágenes más provocadoras, basta con acudir a un buscador online para encontrar como primer resultado una fotografía de una mujer colgada y atada a la manera Kinbaku, con su sexo expuesto.

Lo que se queda escondido detrás de primeras impresiones es la realidad profunda que existe en su trabajo, con más de 400 libros publicados llamarlo prolífico es decir poco y llamarlo irreverente es decir demás, Araki el hijo de Tokio, consciente de la capacidad que tiene su obra de hacer emerger conflictos culturales latentes, especialmente al ser un autor que entiende su contexto y utiliza de manera magistral elementos tradicionales japoneses en sus fotografías.

El reto al enfrentarse a la obra de Araki es entender que dentro de ella se establece una mitología particular, en la que la vagina aparece como un Dios, las flores son elementos venerados y su gato asume el lugar de ángel guardián, siguiendo ésta narrativa, Yoko su difunta esposa sería la mujer central, el germen de toda la feminidad que permea su obra, todos sus amores serían entonces una extensión del primero que es ella. Araki admite que en cada sesión fotográfica se enamora de su modelo y luego se despide. Una despedida mediada por su cámara, como sucedió con Yoko, quien es pieza central de uno de sus libros más recordados ‘Sentimental Journey’ el diario fotográfico de su luna de miel y su devastador ‘Winter Journey’, diario de la enfermedad de su esposa y sus últimos días juntos. La última fotografía de este libro muestra a Chiro su gato saltando en la nieve, acción que Araki interpreta como un mensaje de su compañero invitándolo a seguir adelante.

Existe una conexión y diálogo constante entre autor y obra, él crea imágenes y a la vez éstas le sugieren caminos y posibilidades, rara vez una fotografía de Araki se queda siendo sólo eso, él las trata como un proceso que no se detiene. En el caso de proyectos de imágenes sexualmente explícitas Araki ha tenido que publicar sus libros bajo una estricta guía de censura exclusiva para Japón, en libros como su legendario Tokyo Lucky Hole el método llegaba a ser tan restrictivo que las partes dignas de censura eran cubiertas con una flor negra. Más adelante como respuesta a la repetida censura Araki decide pintar sobre la superficie de sus fotografías, cuando comienza lo hace con pintura blanca que hace presencia en la imagen como si fuera su semen, él le atribuye eso a que las fotografías lo excitan tanto que su manera de retribuirles es dejando en ellas una marca que sirva como testimonio de su pasión. Este gesto se expande en series como Alluring Hell del 2008 en el que las fotografías son pintadas con colores vivaces y formas expresivas. La acción de pintar una fotografía no sucede bajo deseos puramente estéticos, existe una intención de diálogo y continuación del proceso de la imagen, Araki elige representar su relación con sus fotografías de manera física, en su proyecto Dead Reality revela fotografías utilizando agua hirviendo, una suerte de recordatorio del bombardeo atómico, imágenes de Japón que parecen desintegrarse. Los gestos de Araki son impetuosos, sus fotografías tienen varias vidas, una al ser construidas con su ojo tras el lente, la otra al interpretarlas en el laboratorio o el estudio y más tarde al ser reconstituidas como parte de un todo en la narrativa de cada serie de imágenes.

En el mundo de Araki los límites que separan al autor del sujeto son cambiantes, en ocasiones virtualmente inexistentes, tal y como lo son los límites entre intimidad y obra. Su historia personal está vertida en sus fotografías, sin diferencia entre tragedias y alegrías.

En octubre del 2013 pierde la visión de su ojo derecho como resultado de una obstrucción arterial retinal, el acontecimiento cobra un carácter metafísico al tratarse de Araki, un fotógrafo cuyo deseo de fotografiarlo todo es inexorable. Muchos medios reportaron acerca de su aflicción, lo que no puede olvidarse es que éste es un hombre que ha demostrado tener intenciones de ser invencible, nunca inmortal pero sí invencible. En el mundo de Araki la muerte está presente cada segundo, para él vida y muerte coexisten en todos los rincones, esas dos fuerzas lo gobiernan todo, incluso a él, por eso no ha retirado su cámara en los momentos en los que ha tenido a la muerte en los talones, cuando luchó con el cáncer de próstata, cuando enterró a su adorada Yoko, su relación con su visión es dependiente, por eso perder su ojo derecho es un evento que no puede ser superado sin la presencia de su cámara.

Un fotógrafo tan ampliamente reconocido como él puede ser víctima involuntaria de algo que podría ser una extensión de la mencionada condena de la primera impresión, algo así como la condena de las expectativas del espectador. Un artista emergente parece tener más permiso de reinventarse y ser cambiante, mientras que un artista eminente como Araki no recibe tantos permisos, la cuestión es que él nunca ha sido estático, aunque muchos elijan quedarse estacionados en sus primeras impresiones, Araki nunca ha sido una sola cosa, siempre se ha obligado a mirar con ojos nuevos y su realidad actual no es una excepción. Él no se reinventa como reacción a las expectativas de los demás, ni siquiera como reacción a sus propias expectativas, él se reinventa porque nunca ha puesto distancia entre su vida y su obra y siendo así es de esperarse que cada cambio de su persona quede evidenciado en sus fotografías.

Para cualquier fotógrafo cerrar un ojo es un gesto repetitivo y natural, la cámara se acerca al rostro y es un ojo el que se alimenta de lo que muestra el visor, parece ser todo una alegoría de la realidad de Araki, como si ahora tuviera la obligación de quedarse con la cámara pegada al rostro. Esta nueva manera de ver es explorada en su proyecto Love on the Left Eye, en esta serie de fotografías Araki vuelve a motivos recurrentes en su obra: mujeres desnudas, flores, y parte de su bestiario personal de muñecos de plástico, en la superficie todas son fotografías típicas de Araki, pero es justamente una intervención superficial hecha en ellas lo que las convierte en imágenes con el contenido profundo que hace que Araki no sea fotógrafo de cosas típicas, muchos menos artista que está dispuesto a cumplir expectativas o a perpetuar primeras impresiones. En una de las imágenes en cuestión aparece una bella mujer vestida con un kimono sujetando un pez de plástico en sus brazos, el lado derecho de la imagen está oculto, se puede identificar que el manto negro que cubre ese lado de la imagen es producto de un marcador negro, la tinta parece haberse agrietado entonces algunas partes aún pueden adivinarse. La manera agresiva en la que se lee el trazo del marcador invita a imaginar a Araki rayando la fotografía, luego de verla, luego de haberla conocido como un todo, la fragmenta, su honestidad le impide dejar la fotografía intacta, su visión está incompleta y también lo debe estar algo que es producto de ella.

Sería justo decir que son artistas como Nobuyoshi Araki quienes hacen de la fotografía de autor lo que es, no se trata de una categoría más dentro de las interminables posibilidades del medio, no se trata de fotógrafos que hacen arte, más bien artistas que hacen fotografía, que eligen la cámara como elemento germinal pero no absoluto, Araki es ejemplar en ese sentido.

Lo que queda luego de enfrentarse a artistas como Araki es una sensación sorprendentemente esperanzadora, porque aún luego de años en los que galerías, museos y espectadores por igual le han intentado categorizar como un sola cosa, él sigue siendo un fotógrafo nuevo cada día, tanto como es un nuevo ser humano cada día.

Me digo que creo que debería ser capaz de ver las cosas de manera diferente.

…cuando pierdes algo, ganas algo, algo para el futuro tal vez.”

– Nobuyoshi Araki

 

 

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Sara Mejía

Nací y vivo en Medellín, soy fotógrafa, eso se supone porque dediqué tres años de mi vida a estudiar fotografía en la ciudad de Barcelona. Ahora busco más pensar en fotografía que hacerla, aunque mi cámara siempre fiel me acompaña a todas partes, es mi diario personal, como lo son los textos que escribo sobre arte porque al final es el arte el que gobierna mi vida, la música es mi vicio más irremediable y me gusta dormir con un libro de Félix González-Torres en brazos, el arte es mi más querido compañero.