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¿Quién es Antoine D’Agata?

Él diría que es un fotógrafo que comenzó de manera tardía, un marsellés que a los 35 años llegó a la fotografía, luego de pasar su juventud sumido en excesos, viviendo sin un techo sobre la cabeza durante casi veinte años, un hombre que descubrió su infierno cuando se entregó a la heroína por primera vez, a los 17 años, que vagó por el mundo hasta llegar a Nueva York, donde siendo discípulo de grandes como Nan Goldin y Larry Clark, decidió hacerse fotógrafo, pero no, él no es una sola cosa, no es fotógrafo como razón última de su existencia, él es turbulencia, él carga la cámara como compañera de sus búsquedas, pero no se define como alguien que hace fotos, él vive, lleva al cuerpo y al alma a los límites más lejanos y es allí donde comienza a fotografiar.

Si se visita la página web de la mítica agencia Magnum y se busca su perfil, puede leerse que D’Agata no tiene residencia fija. Muchos fotógrafos que viajan como parte de su profesión eligen varias ciudades base, pero no D’Agata, él no pone un alfiler en el mapa, él viaja pero no lo hace como necesidad profesional, se trata de una necesidad ontológica. Dicen que si un tiburón se queda quieto muere, quizá esta sea la analogía perfecta al referirse a D’Agata, un ser que requiere de una vida nomádica para vivir y aquí vivir se entiende como sinónimo de ser, quizá su cuerpo siga respirando y latiendo si se queda quieto, pero su humanidad expirará si se le impide moverse.

del libro Anticorps, 2013, Antoine D’Agata

Robert Capa, uno de los padres de la fotografía de guerra y de los fundadores de Magnum, la agencia a la que está adscrito D’Agata, dijo alguna vez que si tus fotos no son buenas esto se debe a que no estás lo suficientemente cerca. D’Agata pisotea esas palabras, porque para él no se trata de cercanía, esa cercanía estéril del observador aislado, el que se estaciona detrás de su cámara como alguien que vive fuera de las realidades que registra. Claro que hace falta destacar que Capa murió haciendo su trabajo como fotógrafo de guerra y que tal vez fue esa cercanía la que le trajo una muerte temprana, no puede negarse que Capa vivía para ser fotógrafo, entregó todo a su labor, pero al pensar en D’Agata habría que repetir que no se trata de un hombre fotógrafo, se trata de un hombre que carga con una cámara bajo necesidades tan intensas como las que le obligan a cargar su repertorio de drogas, él no se acerca a una realidad, él es la realidad que fotografía, es artífice de cada cosa que fotografía, todo lo abyecto, lo violento, todos los excesos, toda la oscuridad.

La esencia de la fotografía de D’Agata está en la actitud del fotógrafo en relación con lo que captura, y esto no es cuestión de cercanía, es cuestión de reconocimiento, él habita cada situación que produce, hasta el punto que se hace difícil reconocer los límites de cada imagen, todas lo permean, todas dejan rastro y todas son parte presente de su trabajo, se solapan, se repiten algunas en diferentes publicaciones, nunca se piensan como componentes de proyectos acabados, son todas parte de un flujo que nunca se detiene.

Dentro de su libro más extenso, ‘Anticorps’ del 2013, se despliegan tantas situaciones que es difícil delimitarlo, hay presencia de fotografías sorprendentes, parte de sus trabajos diurnos para Magnum, cuerpos descompuestos en la tierra, militares que empuñan sus armas ocultos tras una pared, sitios abandonados donde se adivina la guerra… Lo sorprendente de estas imágenes no es el contenido, es el diálogo que entablan con las demás, las nocturnas, las íntimas, las que relatan ese otro lado en el que vive D’Agata, el inframundo, y al pensar en las fotografías de reportaje que hace para Magnum como registro de zonas de guerra, ¿no sería justo pensar que las prostitutas con las que comparte la cama son tan víctimas de la guerra como lo fueron quienes yacen descompuestos en una zanja?

del libro Anticorps, 2013, Antoine D’Agata
del libro Anticorps, 2013, Antoine D’Agata

Lo que une a todas sus fotografías es una cuestión de control, quizá la única búsqueda real de D’Agata recae en ese concepto, algo que reconoce como parte vital de su proceso es la entrega del control, sea mediado por los efectos de las drogas o el alcohol, o porque directamente entrega la cámara a otros involucrados en las situaciones y son ellos quienes las registran.

Pero hay otro lado, algo que habla de su proceso mental, D’Agata admite que no puede estar consciente cuando entra en ese espacio de creación íntima, necesita un empuje con las drogas, el sexo, el exceso, si no cuenta con estos catalizadores no es capaz de fotografiar. A la vez dentro de esta inconsciencia hay un vistazo de humanidad, la búsqueda del otro, el contacto humano, compartir lo que él llama su infierno personal, sus demonios que al entrar en contacto con la piel del otro pueden salir, le permiten vivir al otro y con el otro, como cuando pasó casi 7 meses en Cambodia recluido en una habitación con una prostituta con la que compartía la cama, la pipa de crack, los momentos de autoflagelación del alma y el cuerpo, a quien sin tapujos le decía que quería ganar algo de dinero con las fotografías que estaba tomando. Existen relaciones de poder que subyacen, él vende sus fotografías, miles de Euros cada una, qué puede decirse de eso, basta con pensar en la vida que lleva, no hablamos de un fotógrafo con residencias de lujo en Paris y en Roma, se trata de un vagabundo que vive esperando ansioso por el momento de reclusión al lado de otros seres nocturnos. Parte de su reconocimiento en el otro puede adivinarse en la tremenda cantidad de fotografías tipo carné que tiene de prostitutas, su registro de todas ellas es una manera de darles un espacio, aunque sea simbólico y esto sí que aplica en su libro ‘Anticorps’, que cierra entregando una página a cada una de ellas.

Si hay algo de lo que jamás podrá acusarse a D’Agata es de deshonestidad, él se exhibe ante el mundo de una manera tan transparente que puede resultar amenazante, incluso repulsiva.

del libro Anticorps, 2013, Antoine D’Agata

¿Quién es Antoine D’Agata?

Siendo estudiante de fotografía yo era discípula de la manera de fotografiar de grandes maestros como Philip-Lorca diCorcia y Jeff Wall, creía que ese era el punto más alto de la fotografía, la construcción con luz, la narración. Luego de manera casi accidental me encontré frente a las fotografías de Antoine D’Agata, mientras realizaba una búsqueda sobre la obra del pintor Francis Bacon, lo que descubrí cambió no sólo mi manera de asumir la fotografía, también mi manera de entender la humanidad, porque lo que tenía al frente era un testimonio de los rincones más turbios del alma, no hablo de la suciedad y de las drogas, hablo de ese ímpetu autodestructivo que no es caprichoso, ese flujo de vida y muerte, todo en un abrazo en el que los cuerpos se disuelven y se hacen uno.

Luego de ese encuentro me pregunté muchas veces cómo era posible que alguien como D’Agata mantuviese su cuerpo latiendo y hace poco leí que su método se basa en transiciones, elige una droga y la consume únicamente sin mezclar con las demás, luego pasa a otra y así mantiene un control ilusorio sobre su cuerpo, luego acude a centros de rehabilitación, se compra un par de meses de vida, hace su trabajo de promover sus fotografías, asiste a festivales, se presenta en las inauguraciones de sus exposiciones, pero no es él hasta que no se escapa nuevamente a esas habitaciones donde desata nuevamente su infierno. Él lo sabe y lo siente, que su cuerpo y su alma se desgastan y lo llevan a puntos de agonía, pero es la agonía lo que busca con ojos cerrados, dando tumbos, esa agonía que reconoce como el más bello móvil para el arte.

‘Más allá de donde

aún se esconde la vida, queda

un reino, queda cultivar

como un rey su agonía,

hacer florecer como un reino

la sucia flor de la agonía:

yo que todo lo prostituí, aún puedo

prostituir mi muerte y hacer

de mi cadáver el último poema.’

-Dedicatoria, poema de Leopoldo María Panero

del libro Anticorps, 2013, Antoine D’Agata
del libro Anticorps, 2013, Antoine D’Agata
del libro Anticorps, 2013, Antoine D’Agata
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Sara Mejía

Nací y vivo en Medellín, soy fotógrafa, eso se supone porque dediqué tres años de mi vida a estudiar fotografía en la ciudad de Barcelona. Ahora busco más pensar en fotografía que hacerla, aunque mi cámara siempre fiel me acompaña a todas partes, es mi diario personal, como lo son los textos que escribo sobre arte porque al final es el arte el que gobierna mi vida, la música es mi vicio más irremediable y me gusta dormir con un libro de Félix González-Torres en brazos, el arte es mi más querido compañero.